miércoles, 12 de septiembre de 2007

a, b, c


Escribimos todas aquellas palabras una detrás de la otra.

Felicidad. Volar. Pájaro. Bicicleta. Norte y Sur. Astigmatismo. Aurora. Beso. Jarrón. Azul claro. Oscuridad...y estrella. Terminamos con estrella porque nos gustaba la manera en que dejaban de mirarnos por la calle después de tantas noches esperando. En el banco de enfrente, sentado sobre su chaqueta, un borracho nos pidió tres veces que añadieramos "cerveza" y luego se durmió de lado como si no tuviera nada más importante que contarnos o no supiera otras palabras.

Ya otras noches habíamos escrito palabras distintas, pero en otras noches eramos personas distintas. El valor de las cosas se evaporaba al mismo ritmo de los días. Las promesas de un lunes no volvían a existir nunca más. Promete y verás que nada importa tanto, que ninguna cadena te ata a tus palabras de forma tan fuerte que te obligue a nada. Otras noches habíamos escrito en esos bancos que ya no volveríamos más, que podíamos correr hacia el centro de la nada sin zapatos, o que si el cielo decía "papilla", nosotros imitaríamos a los cisnes. También una vez escribimos que nos gustabamos pero que no nos queríamos, y que al menos con los bancos íbamos a ser sinceros. Y nada de eso sucedió después. No fuimos cisnes, no corrimos demasiado ni hacia la nada ni hacia ninguna parte, no pudimos volar..y nunca nos quisimos.

Nuestra puta existencia se limitaba a cambiar de banco como quien cambia de ropa, y escribir nuevas mentiras. Luego mirabamos al borracho, que nos decía cerveza, cerveza, cerveza, para que supieramos que él, y sólo él era el hombre más feliz del mundo, porque a él le bastaba una sola palabra para decir tres verdades igual de grandes que toda nuestra desdicha.


¿Sabes que te digo? Cerveza, cerveza, cerveza, creo que te quiero.