domingo, 25 de mayo de 2008

un secreto, una mentira y un violín en el tejado

Sé como hacer que todo esto termine.
En serio.

También sé como suena el sol al estallar, y como silba alguien que acaba de echar un polvo. El número exacto de veces que respiras por minuto, y el de fragmentos de cristal que quedan al romperlo todo. Tu número de la suerte, la de días y noches que he tenido que esperar para verte sonreír. A cuantos decibelios equivale tu gemir. Los pisos que tengo que subir para besarte, y los segundos que van a pasar entre que me digas que me quieres y yo sienta un escalofrío. Sé que no crees en nada que pueda desaparecer y que en la magia también. Cómo se dice querer en nueve idiomas, y cómo encender tu corazón sólo con desearlo. Las horas de diferencia entre el movimiento y el resultado, entre tus manos y mi frío.
Sé que todo esto es un viaje y nosotros pasajeros. Que somos casualidades en el momento preciso.
Que nada podrá evitar que sucedamos, si es así como tiene que ser.
Y sobretodo sé que si sueño con violetas, galletas y violines es porque algo bueno me va a suceder, y ayer soñé contigo, como en aquellos tiempos en que soñaba contigo más a menudo y comía muchas galletas, y robaba muchas violetas, y escuchaba al gato del vecino tocando el violín sólo para nosotros.
Te quiero. No es tarde. Que siga la música.

domingo, 4 de mayo de 2008

la (in)seguridad de sentirte a salvo (de nada)

Sara estaba tan segura de sus ojos que nunca pensó en mi nombre como en una posibilidad real de que yo pudiera largarme. Siempre pensó que yo iba a estar allí para siempre, como una estatua en una plaza o como un recuerdo en su memoria. Inmóvil y callado.
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Pero yo tenía pies y manos y cigarrillos, y las ganas del mundo y de ti y de escapar. Y de saber como se siente uno cuando lo pierde todo y nadie le espera en casa al volver. Y de esperar horas y horas en una esquina a qué suceda algo determinante en tu vida, a que pase un perro y se muera en tus brazos, o una vecina y te confiese su nombre. Yo tenía luces y sombras y las manos muy frías como si pudiera mentir sin hablar. Yo lo tenía todo y luego no tenía nada. Su nombre y el mar.
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Pero Sara estaba tan segura de sus ojos
que aquí estoy yo recordándola.