domingo, 1 de abril de 2012

conocerte, al fin

Conozco bien la silueta de tu cuerpo y el enigma que desprenden tus recuerdos. Todos tenemos un pasado del que huir corriendo y otro al que regresamos de puntillas a recoger nuestro presente. 

Y no tengo miedo ni del uno ni del otro. Ya corrí: ya devasté todo mi tiempo. Ahora vivo aquí, feliz, contigo.

Veo tus ojos que me miran y atraviesan, y que me hacen sentir tan inseguro como a salvo, tan roto como tuyo, tan nada. Y los deseo, y quiero estar frente a ti, y que me atraviese tu cristalino, tu córnea, tu instinto. Como un soldado decidido a darlo todo a cambio de un último disparo: frontal y seco, a mi epicentro.

Y toco tus manos y sé que el tacto que desprenden, algo seco, tiene mucho que ver con el invierno. Y que ese frío que te hiela solo existe cuando duermes. Que si estás despierta o triste, o desnuda, o que si me echas de menos, desaparece. Porque todo lo que amo, empieza y termina en la yema de tus dedos.

Y tus labios, esa boca, ese rojo, esa muerte y ese fuego. Ese mordisco incesante que me arranca el sentimiento más brutal desde que tengo, o imagino tener, uso de razón. 

Cuando tu voz no disimula, cuando gritas, cuando gimes, cuando estas en la cresta de esa ola que es la vida, y superior a cuanto existe y ves, y a lo que nos rodea, al tiempo, al vicio, al exilio, a la marea, me desarmas cuando dices: lo sabía.

Lo sabías, lo sabías, y ahora yo también lo sé: que la vida es, en gran parte, que tu estés aquí en la mía.